todos hablan de bullying…

He trabajado con miles de niños y niñas en la última década, provenientes de diferentes colegios privados y públicos del Perú, y puedo decirles, con certeza, que el bullying es transversal, potente y violento. Pasa a todo nivel: en los colegios más costosos de la ciudad y en los colegios rurales más alejados. Además, es una lamentable práctica social que puede destruir la seguridad de miles de estudiantes. El bullying puede ser físico, es cierto, y contemplar agresiones de un chico grande hacia otro más chico. Sin embargo, también admite agresiones verbales y no verbales: desde insultos, burlas y comentarios hirientes hasta prácticas de exclusión en los recreos, por ejemplo.

Si un niño recibe un trato diferente en el aula, si existen dinámicas instauradas en los colegios que, antes que propiciar la integración, más bien señalan las diferencias, si los profesores o tutores son testigos o reciben las quejas de los estudiantes y no hacen nada… pues esas también son prácticas que favorecen la aparición de compartimientos como el bullying. Lamentablemente, muchos colegios tienen profesionales que son testigos silenciosos de eventos que dañan, a la larga, la autoestima de adolescentes en formación. Muchos niños se quedan callados porque no saben a quién acudir o tienen miedo de ser víctimas una vez más. Otros hablan y se maneja tan mal el tema por parte de las autoridades que la violencia les regresa con más potencia. Cuando ese temor se incrementa, algunos adolescentes inventan excusas para no asistir al aula y quedarse en casa. Otros simplemente no quieren levantarse de la cama, terminando muchas veces en fuerte depresión y ansiedad.

En el colegio construimos nuestra visión del mundo y aprendemos sobre lo que está bien y lo que está mal. Allí comenzamos a edificar nuestra autopercepción, esa imagen que tenemos de nosotros. ¿Acaso los colegios no deberían ser lugares seguros que fomenten el crecimiento? Contar con tres psicólogos por colegio no es garantía de solución o de que se están realizando acciones preventivas. Ante ese desafío se abre la posibilidad de plantear estrategias integrales en las que involucremos a toda la comunidad educativa: estudiantes, docentes, directivos y padres de familia.

Dejemos de ver el bullying como la punta del iceberg en el sistema educativo y pensemos en un plan integral nacional educativo que fomente un aprendizaje seguro. Un punto de inicio puede ser comenzar a enseñar habilidades para la vida de forma transversal: respeto, empatía, resiliencia y trabajo en equipo. Estas son habilidades que nos darán herramientas para convertirnos en mejores personas. Si enseñamos y fortalecemos estas habilidades de forma transversal en las aulas, nuestros niños aprenderán a vivir en el respeto y en la empatía, reduciendo así, como consecuencia, espacios para bullying en el futuro. Pero, ¿cómo trabajar estas habilidades? Debemos comenzar con nuestros docentes.

Los docentes son la columna vertebral del sistema educativo, así que cualquier cambio arranca con ellos. Por eso, debemos comenzar a capacitar a nuestros docentes para que estos tengan herramientas para promover espacios de cuidado y de respeto, así como dotarlos de estrategias para manejar temas de agresión dentro y fuera del aula. Muchos de nuestros docentes enseñan de la misma manera hace décadas, con la idea de que vamos al colegio para aprender cuestiones netamente académicas. Es momento de cambiar. Capacitemos a nuestros docentes en habilidades para la vida, trabajando primero con ellos sus propias habilidades como el respeto, la tolerancia y la motivación, para que luego ellos compartan estos aprendizajes con sus estudiantes. El Ministerio de Educación, de hecho, hace algunos meses ha lanzado el primer kit de bienestar socio-emocional para docentes a nivel nacional. Este contiene estrategias para trabajar 13 habilidades socio-emocionales fundamentales para el desarrollo humano. Es un gran hito para el Perú.

Fomentemos espacios de reflexión donde los chicos puedan compartir lo que sienten con respeto y libertad, y organicemos momentos de integración en los que estudiantes y profesores puedan conocerse mejor. Si docentes y estudiantes no se conocen, y no tienen espacios más íntimos de reflexión y de intercambio, los docentes jamás entenderán lo que cada estudiante necesita y por ende, no podrán satisfacer estas necesidades personales. Es en estos espacios de cercanía y de confianza donde los estudiantes se sentirán escuchados y respetados, lo que los llevará a confiar en los docentes para pedir ayuda o para evitar que el bullying tome lugar.

Asimismo, pensamos en los padres de familia si es que queremos una estrategia integral. Los niños no solo se educan en los colegios, sino también en sus hogares, con sus padres. Por eso, es sumamente importante mantener constante comunicación con ellos. Involucremos a los padres de familia para que sean agentes activos en esta idea de enseñar con respeto hacia uno mismo y hacia los demás, que puedan reaccionar también cuando su hijo es el comete el bullying. Muchos padres de familia no saben lo que pasa en los colegios, o no tienen una relación muy cercana con sus hijos. O, simplemente, no saben cómo abordar estos temas complejos. Por eso, es fundamental integrarlos: brindarles charlas donde se toquen temas como el bullying, mantener contacto con ellos para conversar acerca de avances o retrasos de sus hijos en el colegio, entender cómo viven en casa y cuáles son las necesidades. Si los docentes no conocen a las familias de los estudiantes, difícilmente entenderán el porqué de las reacciones y comportamientos de los niños. 

Finalmente, pensamos en el bullying de forma integral: ¿Qué pasa con el agresor? ¿Solo debemos castigarlo? ¿Por qué agrede? ¿Qué aprendió esta persona para actuar así?  Los agresores también tienen temas por curar y sanar. Por ello, tenemos que cambiar el chip. No se trata solo dar charlas en colegios sobre por qué el bullying es malo (eso ya lo sabemos) o de denunciar un caso de bullying y esperar que provoque un efecto disuasivo para futuros ataques. Dejemos de ver solo el árbol sin tener la perspectiva del bosque entero.

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